Árbol de la vida
A mi gente,
a mis guerreros que nunca se rinden,
a quienes defienden su tierra,
a mis paisanos en Santa Cruz Mitlatongo, Oaxaca.
Esta familia tiene voz,
es revolucionaria.
La mayoría ha elegido luchar,
unos tomar las armas
otros piedras, palos… calles
otros dejar volar sus mentes
unos más, ser ellos mismos
otros crear
ser luz
ser vida…
Unos ni siquiera saben leer,
pero han elegido renunciar a ser los de abajo,
no dejar en otros la decisión de su futuro
pelear por su esencia,
por su campo,
ser consigna,
no padecer.
Esta familia tiene voz,
es revolucionaria.
Hace más de 50 años nuestros bisabuelos fueron asesinados.
Ellos sólo querían luchar por sus tierras,
que su gente creciera
y que la convivencia con otros pueblos
dejara de ser a cambio de un montón de piedras;
ellos fueron sanguinariamente asesinados,
no decidieron como morir,
pero si que por los suyos
no se quedarían inmóviles junto al arado.
Ellos,
como los de nuestra sangre,
también llevaban la lira en las venas.
Recibieron la muerte,
pero siempre mantuvieron su canto alborozado,
ese que los acompañaba
mientras el sol curtía sus brazos,
y su sonrisa era cimiento
corazón
rabia
alimento.
Sus manos labraban entonces,
el futuro que hoy defendemos.
La siguiente generación: mi abuelo.
Él también luchó con su escopeta al hombro,
vio gente mutilada, colgada…
La vida y muerte se convirtieron en un presente incierto.
Sólo tenía dos hijas,
y para no llorarlas cubiertas de sangre
sacrificó verlas correr, crecer en el campo.
Otilia y David se quedaron huérfanos de hijas,
para regalarles una vez más la vida.
Con el dolor que se sostiene en un suspiro,
para no llorar,
las llevó por el monte un par de días,
hasta darles un hasta pronto rumbo a la ciudad.
No sabía que esa despedida dolería
y duraría casi toda la vida.
Mi estirpe es aguerrida,
hay cantores, cierto,
pero todos sabemos caminar entre piedras
y pelear por lo que es nuestro.
A decenas de años de aquellas masacres ,
en la que hombres,
mujeres
niños
ancianos
¡fueron brutalmente separados!,
los sobrevivientes de ese entonces
ruegan
porque sus hijos y nietos
no suframos de orfandad como ellos.
No quieren vernos como chivitos,
a quienes les matan padre y madre
y crecen en el monte solitos…
No quieren dejarnos a merced
de un arma de fuego o un machete
que cada vez más cerca
parece acariciarnos la nuca.
